Psicología

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El modelo VAK nos indica que tenemos tres grandes canales de percepción de la información:

Visual–> Utilizamos este sistema de representación siempre que recordamos imágenes abstractas (como letras y números) y concretas.

  • Descriptores:

Indica una persona organizada, ordenada, observadora y tranquila que entiende el mundo tal como lo ve por lo que el aspecto de las cosas le es muy importante.
Cuando recuerda algo lo hace en forma de imágenes; transforma las palabras en imágenes y cuando imagina algo del futuro lo visualiza.
Es una persona que le encanta ver el mundo ordenado y limpio, siempre están controlando las cosas para asegurarse de que están bien ubicadas.
La gente visual suele ser esbelta, su postura es algo rígida, con la cabeza inclinada hacia delante y los hombros en alto.
La apariencia le es muy importante, esta persona se presenta bien vestida y siempre se le ve arreglada y limpia, combina su ropa y la elige con cuidado.
Se le ven las emociones en la cara; su voz es aguda y habla con la barbilla levantada.

  • En el aprendizaje:

Los alumnos visuales aprenden mejor cuando leen o ven la información de alguna manera. En una conferencia, por ejemplo, preferirán leer las fotocopias o transparencias a seguir la explicación oral, o, en su defecto, tomarán notas para poder tener algo que leer.
Cuando pensamos en imágenes (por ejemplo, cuando “vemos” en nuestra mente la página del libro de texto con la información que necesitamos) podemos traer a la mente mucha información a la vez. Por eso la gente que utiliza el sistema de representación visual tiene más facilidad para absorber grandes cantidades de información con rapidez.
Visualizar nos ayuda además a establecer relaciones entre distintas ideas y conceptos, cuando un alumno tiene problemas para relacionar conceptos muchas veces se debe a que está procesando la información de forma auditiva o kinestésica.
La capacidad de abstracción y la capacidad de planificar están relacionadas con la capacidad de visualizar.
Aprende lo que ve. Necesita una visión detallada y saber a dónde va. Le cuesta recordar lo que oye.

  • Habilidades asociadas:

Ver, mirar, imaginar, leer, películas, dibujos, videos, mapas, carteles, diagramas, fotos, caricaturas, diapositivas, pinturas, exposiciones, tarjetas, telescopios, microscopios, bocetos.

  • Construcciones visuales:

“Ya veo lo que quieres decir”; “tiene un punto ciego”; “cuando vuelvas a ver todo esto te reirás”; “esto dará algo de luz a la cuestión”; “da color a su visión del mundo”; “tras la sombra de la duda”; “dar una visión oscura”; “el futuro aparece brillante”; “los matices de la realidad”

Auditiva: Es el que nos permite oír en nuestra mente voces, sonidos, música. Cuando recordamos una melodía o una conversación, o cuando reconocemos la voz de la persona que nos habla por teléfono estamos utilizando el sistema de representación auditivo.

  • Descriptores:

Cuando recordamos utilizando el sistema de representación auditivo lo hacemos de manera secuencial y ordenada.

Indica una persona que tiende a ser más sedentaria que la visual.
Es más cerebral que otras y tiene mucha vida interior.
Estará muy interesada en escuchar.
La persona auditiva es excelente conversadora.
Tiene una gran capacidad de organizar mentalmente sus ideas.
A veces parece estar de mal humor debido a su sensibilidad a ciertos tipos de ruidos.
Normalmente son serios y no sonríen mucho.
Su estilo tiende a ser conservador y elegante.
Habla sola, se distrae fácilmente.
Mueve los labios al leer.
Facilidad de palabra, no le preocupa especialmente su aspecto.
Monopoliza la conversación.
Le gusta la música.
Modula el tono y timbre de voz.
Expresa sus emociones verbalmente.

  • En el aprendizaje:

Aprende lo que oye, a base de repetirse a sí mismo paso a paso todo el proceso. Si se olvida de un solo paso se pierde. No tiene una visión global.
El alumno auditivo necesita escuchar su grabación mental paso a paso.
Los alumnos que memorizan de forma auditiva no pueden olvidarse ni una palabra, porque no podrían seguir.
El sistema auditivo no permite relacionar conceptos o elaborar conceptos abstractos con la misma facilidad que el sistema visual y no es tan rápido. Es, sin embargo, fundamental en el aprendizaje de los idiomas, y naturalmente, de la música.
Los alumnos auditivos aprenden mejor cuando reciben las explicaciones oralmente y cuando pueden hablar y explicar esa información a otra persona.

  • Habilidades asociadas:

Escuchar, oír, cantar, ritmo, debates, discusiones, cintas audio, lecturas, hablar en público, telefonear, grupos pequeños, entrevistas.
Construcciones auditivas:
“En la misma onda”; “vivir en armonía”; “me suena a chino”; “hacer oídos sordos”; “música celestial”; “palabra por palabra”; “expresado claramente”; “una forma de hablar”; “alto y claro”; “dar nota”; “inaudito”;”lejos de mis oídos?”

Kinestésica: Cuando recordamos el sabor de nuestra comida favorita, o lo que sentimos al escuchar una canción estamos utilizando el sistema de representación kinestésico.

  • Descriptores:

Cuando procesamos la información asociándola a nuestras sensaciones y movimientos, a nuestro cuerpo, estamos utilizando el sistema de representación kinestésico. Utilizamos este sistema, naturalmente, cuando aprendemos un deporte, pero también para muchas otras actividades.

Indica una persona que es sentimental, sensitiva y emocional.
Lleva el “corazón a flor de piel”.
Demuestra su sensibilidad y expresa espontáneamente sus sentimientos.
Se relaciona muy fácilmente con otras personas.
La apariencia no le interesa mucho, lo que le importa es sentirse cómodo.
Se mueve mucho pero con soltura y facilidad.
Sus posturas son muy relajadas, con los hombros bajos y caídos.
Sus movimientos son lentos y calmados.
Gesticulan, se tocan y tocan a los demás.
Responde a las muestras físicas de cariño, expresa sus emociones con movimientos.
Tono de voz más bajo, porque tiende a hablar con la barbilla hacia abajo.

  • En el aprendizaje:

El aprendizaje kinestésico es profundo, una vez que sabemos algo con nuestro cuerpo, que lo hemos aprendido con la memoria muscular, es muy difícil que se nos olvide.
Los alumnos kinestésicos aprenden cuando hacen cosas como, por ejemplo, experimentos de laboratorio o proyectos. El alumno kinestésico necesita moverse.
Cuando estudia muchas veces pasea o se balancea para satisfacer esa necesidad de movimiento. En el aula buscarán cualquier excusa para levantarse o moverse.
Recordarán lo que le estremezca su ser, lo que le produzca una sensación en su piel; aquello que involucre movimiento, lo que experimente directamente. Le cuesta comprender lo que no puede aplicar.

  • Habilidades asociadas:

Tocar, mover, sentir, mostrar.
Construcciones kinestésicas:
“Me estremeció”, “me paralizó”,”estaremos en contacto”; “lo siento en el alma”; “tener piel de elefante”; “arañar la superficie”; “poner el dedo en la llaga”; “estar hecho polvo”; “contrólate”; “bases firmes”; “no seguir la discusión”; “tener la carne de gallina”; “discusión acalorada”; “pisar fuerte”; “quitarse un peso”; “romper el hielo”; “suave como un guante”

La mayoría de nosotros utilizamos los sistemas de representación de forma desigual, potenciando unos e infrautilizando otros. La persona acostumbrada a seleccionar un tipo de información absorberá con mayor facilidad la información de ese tipo o, planeándolo al revés, la persona acostumbrada a ignorar la información que recibe por un canal determinado no aprenderá la información que reciba por ese canal, no porque no le interese, sino porque no está acostumbrada a prestarle atención a esa fuente de información. Distintos sistemas de representación tendrán distinto grado de desarrollo.
Los sistemas de representación son más o menos eficaces para realizar determinados procesos mentales. Si estoy eligiendo la ropa que me voy a poner puede ser una buena táctica crear una imagen de las distintas prendas de ropa y “ver” mentalmente como combinan entre sí.

 

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reig

Los contenidos audiovisuales dirigidos a niños y adolescentes a través de la televisión, los videojuegos y los videoclips trasmiten una serie de mensajes, aparentemente inocuos, pero con la capacidad para moldear la personalidad, la escala de valores e, incluso, la ideología de los receptores más acríticos. La norma más habitual, explica el catedrático de la comunicación Ramón Reig, es que reproduzcan la ideología hegemónica, en base a la cual “se fabrican consumidores en lugar de ciudadanos, educándolos en unos valores que pueden producirles en el futuro frustraciones y malestares”.

El consumismo, la tiranía de los ideales de belleza, el individualismo y, en definitiva, “el tener por encima del ser”, forman parte del trasfondo de la mayoría de mensajes destinados a los menores, según la óptica de Reig. Por ello, cree que es imprescindible acompañar a los niños mientras consumen estos contenidos y ofrecerles las herramientas formativas necesarias para recibir dichos mensajes de forma crítica y consciente. Una labor sobre la que el catedrático ha arrojado luz en la obra de carácter colectivo Educación para el mercado. Un análisis crítico de mensajes audiovisuales destinados a menores (Gedisa), que es el resultado de una serie de investigaciones llevadas a cabo por el Laboratorio de Estudios en Comunicación de la Universidad de Sevilla.

La persuasión de los medios se le puede escapar incluso a los adultos, advierte Reig, ya que “sus mecanismos persuasivos pueden ser muy sutiles, acudiendo generalmente a la emotividad y a la simplicidad”, lo que dejaría indefensos a los receptores. La forma más común de hacer que los mensajes calen en los niños, ya sean de carácter comercial o ideológico, añade, es “sembrando la ilusión de libertad y acudiendo a las viejas técnicas de venta, como es alabar al consumidor diciéndole, por ejemplo, que es muy listo y muy libre, pero que si no consume un determinado producto entonces perderá esta libertad e ilusión”.

 

La responsabilidad última es de los padres, cada vez más permisivos

Otra técnica frecuente consiste en “dirigirse a los padres a través de los propios niños, por ejemplo haciéndole ver que está muy cómodo en determinado coche, con su DVD para ver los dibujos y sus cómodos asientos traseros para que le digan a su padre que compre determinado vehículo”. Es decir, una forma de “chantaje indirecto”, advierte el profesor.

Reig insiste en que no se trata de demonizar al mercado, con sus técnicas de venta y adoctrinamiento, sino de hacer autocrítica y fomentar la educación audiovisual y la formación general de los menores. Aunque entiende que en muchas ocasiones “los mensajes trasmitidos a los niños vulneran las leyes de protección al menor, atentan contra la dignidad de las personas y los principios éticos más básicos”, reconoce también que los últimos responsables de que lleguen a influir en los niños son sus padres. Por eso, critica que uno de cada tres niños tenga televisión en su habitación y consuma en solitario este tipo de contenidos, sin ningún tipo de directriz ni acompañamiento.

Dejar a los hijos que vean la televisión en horario de prime time es otra de las actitudes extendidas que más censura el catedrático. “La educación de los hijos es cada vez más permisiva y acabamos realizando concesiones que no serán nada positivas para su formación. Hoy en día pecamos de demasiado benevolentes, quizá por el famoso complejo de culpabilidad por no entenderlos y acabamos haciéndoles regalos a cambio de nada o siendo demasiado protectores”, lamenta.

El resultado de esta permisividad, dice Roig, es que cuando sean mayores “no serán capaces de resistir a los embates de la vida ni de desenvolverse por sí solos. Además, tampoco valorarán lo que tienen ni se esforzarán por conseguir algo”. Un extremo que, asegura, ha visto aumentar durante los últimos años, ya que “cada vez es más frecuente ver a los padres que vengan a matricular a los hijos a la universidad, que los acompañen a las revisiones de los exámenes o, incluso, que te llamen al despacho para pedirte que ayudes a su hijo en la materia”.

 

Videojuegos, de la catarsis a la violencia como solución

La evolución de los hábitos de consumo de los niños ya no se orienta exclusivamente hacia los contenidos televisivos, sino también hacia los videojuegos. Un terreno en el que los padres suelen estar bastante perdidos, por lo que acaban permitiéndoles jugar a videojuegos que no están recomendados para su edad. Los más peligrosos son, en opinión del catedrático, los llamados shooters, cuya finalidad última es matar sistemáticamente a los oponentes.Una carga de violencia que “tiene como aspecto positivo la catarsis, ya que es mejor pegar o matar en una pantalla que en la vida real”, ironiza el catedrático, pero se corre el riesgo de que “crezcan creyendo que la solución a sus problemas es acudir a la agresividad”. Más aún, insiste, si se dan factores que la favorezcan como criarse en una familia desestructurada o tener una mayor pulsión agresiva.

En Educación para el mercado se hace una referencia explícita al videojuego que más éxito tiene entre los jóvenes y adolescentes, el Call of Duty. “Además de que no te hace pensar porque el único fin es matar, también trasmite ideología como la mayoría de este tipo de videojuegos, aunque sea de una forma tan burda como matar y ensañarse con los líderes políticos que son enemigos de EEUU, como por ejemplo asesinando a Fidel Castro en la cama y a la mujer que duerme con él” (como se muestra en el vídeo superior).

 

No se trata de prohibir, sino de educar

Los videoclips también son trasmisores de los valores denunciados por este catedrático de la comunicación, aunque parezcan inofensivos. En el libro se analiza el contenido del videoclip Danza Kuduro del cantante Don Omar, el más visto por los menores españoles. En este se ve al intérprete rodeado de lujo y aparecen escenas en las que se ven a sensuales modelos como meros elementos decorativos. “Si a esto le unimos la influencia de los videojuegos y del resto de contenidos audiovisuales los niños acabarán asimilando que estos modelos y actitudes son las que sirven para triunfar, mientras que el resto son fracasados”, explica el catedrático.

Para Reig la solución no pasa por prohibirles a los niños este tipo de contenidos, sino de formarlos y educarlos para que puedan recibirlos con una perspectiva crítica. “Tenemos que adaptarnos a la realidad y coger el toro por los cuernos. Hoy en día cualquier niño tiene móvil con acceso a internet y poco se podrá conseguir censurando. Para mí la solución pasa por explicarle qué significa lo que ve, hacerle entender las ventajas e inconvenientes de jugar a uno u otro juego y darle herramientas interpretativas”. Un objetivo que, añade, pasa por educar “pasando de la información al conocimiento”. Una tarea que está en manos de los padres y los profesores.

Cuando el protagonista de una película se pone a pensar, escuchamos su propia voz disertando sobre el problema que le atenaza en ese momento. Este pequeño truco de la voz en ‘off’ le sirve al director para simular la vida interior del personaje, pero ¿funciona de la misma manera nuestro pensamiento en la realidad? Es decir, ¿escuchamos una voz en nuestro interior cuando pensamos?

Desde hace unos años, el científico Russell Hurlbert y su equipo investigan lo que se conoce como “discurso interior”. En algunas ocasiones, nuestro pensamiento se parece a esa voz con la que nos hablamos a nosotros mismos y que se ha recreado en literatura desde los tiempos de ‘Madame Bovary’. En un trabajo publicado en la revista Consciousness and Cognition, Hurlbert resume los hallazgos realizados en los últimos años y la forma en que lo han medido.

El problema de estudiar la voz interior es que cuando uno se para a intentar analizarlo interfiere sin remedio sobre su propio pensamiento. Como una especie de principio de indeterminación de la mente consciente. Para remediarlo, los investigadores idearon un sistema consistente en proporcionar a los sujetos un avisador programado para emitir un zumbido aleatoriamente en distintos momentos del día. Cuando la persona escuchaba el aviso debía anotar en un papel el tipo de actividad mental que estaba teniendo justo en ese momento, manteniendo una especie de diario de su ‘voz interna’.

En un estudio con 30 participantes y una duración de tres días, el equipo de Hurlbert obtuvo algunos resultados interesantes. En primer lugar, algunos dijeron no escuchar ninguna voz en absoluto mientras que otros la escuchaban un 75% del tiempo. De media, el 23% de los pitidos del avisador dio como resultado un reporte de voz interior, lo que no quiere decir que escuchemos la voz un 23% del tiempo.

Nuestra ‘voz interior’ suele ser nuestra propia voz como la escuchamos al hablar, es muy raro que alguien piense con la voz de otra persona. La aparición de la voz es caprichosa y presenta en distintos grados de volumen o emoción según la circunstancia. Otra de las curiosidades es la localización: aunque la mayoría afirmó escuchar la voz en la cabeza, algunos individuos aseguran que su discurso interno tiene lugar en el pecho. También hubo personas que reportaron escuchar la voz interior mientras ellos estaban de hecho hablando en voz alta (con las dos voces diciendo cosas distintas) y en otros casos la voz hablaba sin sentido o a más velocidad que el discurso normal.

Aunque suena muy extraño, es importante recordar que con esta ‘voz interna’ no nos estamos refiriendo a las voces que escuchan los pacientes psiquiátricos que mantienen diálogos consigo mismos, sino a la forma en que se materializa en ocasiones en pensamiento y parece que escuchamos con nuestra propia voz lo que estamos pensando. En general, los científicos siguen teniendo muchas dudas sobre el fenómeno y muchas preguntas. Por ejemplo, ¿existen diferencias culturales a la hora de experimentarlo? o ¿cuándo y cómo aparece por primera vez?

 

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En vísperas de las fiestas navideñas hay que estar atentos, advierte la revista ‘Time‘, porque los comerciantes acuden a métodos cada vez más ingeniosos para atraer a los compradores hacia su ‘trampa’, y una de sus ‘armas’ más peligrosas es el ‘aromarketing’.

El ‘branding’ sensorial se está convirtiendo en la parte más grande del marketing de consumo en las tiendas. Los comerciantes a menudo se basan en la música y los colores para crear un cierto estado de ánimo en los compradores, pero ahora están dirigidas a otra sensación, el olor, para lograr que los clientes tengan una conexión más sofisticada con la marca a través de su experiencia de compra, este método tiene incluso otro nombre: el ‘branding’ olfativo.

El sentido del olfato es mucho menos investigado que los otros sentidos, pero los estudios muestran que desempeña un papel importante en la forma en que percibimos nuestro entorno. Por ejemplo, el bulbo olfatorio, que es responsable del procesamiento de los olores, es parte del sistema límbico del cerebro, que está relacionada con los recuerdos y las emociones. Es por eso que el olor tiene el poder para desencadenar recuerdos emocionales (y es por eso que el olor del perfume de alguien puede traer recuerdos de esa persona). Los buenos recuerdos pueden hacerlo más propenso a comprar artículos que le recuerdan esas emociones felices.

“Cuando pensamos en una experiencia, sea personal o comercial, nuestro sentido del olfato juega tan profundamente en la forma en que percibimos y hacemos juicios sobre la experiencia”, dice Ed Burke, director de formación y comunicaciones para ScentAir, una empresa que desarrolla aromas para los minoristas específicos y las marcas hoteleras de Hugo Boss y para los hoteles de la cadena Marriott.

ScentAir se reúne con sus clientes para desarrollar un olor que los clientes asocien con la marca. Entonces, el equipo de diseñadores y científicos de ScentAir adaptan un aroma para cumplir los objetivos de negocio “en un proceso similar a la forma en que una tienda establece el plano visual”. Según Burke, a menudo ScentAir se imagina a un cliente específico o crean la imagen de un cliente potencial, el tipo de clientes que quieren ver en sus tiendas.

“Nos fijamos en quiénes están comprando [las mercancías] de forma regular, qué tipo de música les gusta, con qué frecuencia compran tecnología, etc.”, dice Burke. Por ejemplo, una tienda quiere tener un aroma de aire fresco, y otra puede querer que su espacio huela a algodón dulce.

Los olores específicos pueden ser personalizados incluso para departamentos específicos, como un olor a talco de bebé para la sección de niños o un aroma de coco para los trajes de baño o lila en el departamento de lencería. Es difícil resistirse a comprar un bikini mientras se está inmerso en olor a coco y pensando en su playa favorita.

Claro, no podemos saber con certeza que un olor específico nos instará a abrir nuestras billeteras, pero podemos fijarnos si nos sentimos más cómodos en una tienda y estar más atentos a las compras que hacemos.

“La próxima vez que usted esté de compras, inspire y vea si puede encontrar la fuente del aroma. Algunas máquinas de olor son instaladas por encima de la puerta de sus tiendas, mientras que otros amañan el aroma a través del sistema de ventilación”, recomienda ‘Time’.

 

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¿Están cambiando la red y los buscadores nuestra manera de pensar? En los últimos tiempos se han sucedido las visiones apocalípticas sobre la red y sus efectos sobre el cerebro. Los buscadores nos hacen más vagos, argumentan algunos, y la red es una sucesión de estímulos que nos alejan del verdadero conocimiento. Aparte de las visiones extremistas y poco fundadas sobre el papel de internet, algunos psicólogos están analizando los verdaderos efectos que tiene sobre la memoria el disponer de una herramienta de información externa y accesible. Y las consecuencias se pueden medir experimentalmente.

En un artículo publicado en Scientific American, Daniel M. Wegner y Adrian F. Ward recopilan una serie de experimentos que muestran lo que, a su juicio, es un cambio en la forma de gestionar nuestra memoria. Hasta la aparición de la red, argumentan, los individuos no solo confiábamos en lo que nosotros sabíamos sino en lo que las personas de nuestro entorno podían conocer y respondernos en caso de duda. Ahora, buscadores como Google se han incorporado a esta “memoria distribuida” y los tratamos como un compañero más. “Descargamos recuerdos en la nube”, escriben los autores del artículo, “como hacíamos antes con un miembro de la familia, un amigo o un amante”. “Internet”, añaden, “está tomando el lugar no solo de otras personas, sino que pasa a formar parte de nuestras propias facultades cognitivas”.

Como ejemplo, la investigadora de la Universidad de Columbia, Betsy Sparrow, realizó una prueba con un grupo de voluntarios a los que pidió copiar 40 hechos memorizables en un ordenador (del tipo “el ojo de un avestruz es más grande que su cerebro”). A la mitad del grupo se les dijo que las frases permanecerían en el ordenador y al resto se les dijo que se borrarían. Cuando se les pidió que recordaran, el grupo que pensaba que la información seguía en el ordenador tuvo resultados mucho peores, a pesar de que se les insistió en que hicieran el esfuerzo por memorizar. Según Ward y el recientemente fallecido Wegner, esto demostraría que la tendencia a descargar los recuerdos de forma externa es tan potente que el mero hecho de saber que está ahí condiciona nuestra memoria.

En otro experimento realizado en la Universidad de Harvard, se puso a los voluntarios a responder preguntas tipo Trivial y se les dividió en dos grupos, los que podían y los que no podían buscar la respuesta en Google.  Y se produjo un efecto curioso: los que habían buscado en Google no solo mostraban una mayor autoestima y confianza, también pensaron que habían llegado a la respuesta correcta por sus propias capacidades mentales, no por el buscador. De alguna manera, el acceso a la información en la red genera la ilusión mental de que son ellos los que saben más sobre el tema, aunque no tuvieran ni idea.

“La inmediatez con la que accedemos a los resultados de búsqueda en la pantalla de nuestro smartphone”, escriben los psicólogos, “puede empezar a difuminar las fronteras entre nuestros recuerdos personales y el gran tesoro de conocimiento distribuido por todo internet”.  Utilizar Google produce en la gente la sensación de que forma parte de sus propias herramientas cognitivas lo que produce una situación paradójica, proponen, que una generación de personas piensen que tienen más conocimientos que ninguna generación anterior, cuando en muchos casos podrían conocer menos del mundo que les rodea.

En cualquier caso, apuntan, este cambio no significa que estemos en peligro de perder nuestra identidad ni es necesariamente negativo. Simplemente, concluyen, estamos asintiendo al nacimiento de una relación nueva entre nuestras mentes y la mayor fuente de información que jamás ha existido.

 

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Desde que se empezaron a realizar las pruebas de identificación por ADN, a principios de los años 90, centenares de personas han salido de la cárcel en EEUU tras demostrarse que no participaron en los delitos por los que les condenaron. Uno de los datos más llamativos es que en algunos de estos casos, incluso de asesinato, los condenados habían confesado el crimen y estaban convencidos de haberlo cometido. Pero fueron víctimas de su propio cerebro y de un fenómeno que se conoce como “falsa confesión”.

 

¿Hasta tal punto nos puede engañar nuestro cerebro? Los neurocientíficos saben desde hace tiempo que las memorias son muy poco fiables y altamente manipulables. Para alterar un recuerdo basta con evocarlo e introducir algo de información falsa. La siguiente vez que recordemos ese evento, nuestro cerebro tendrá los dos datos juntos y tenderá a mezclarlos en el recuerdo. Los científicos han hecho numerosos experimentos en los que demuestran que alguien puede recordar como real una falsa experiencia en el hospital cuando tenía 4 años, solo porque un miembro de la familia le da el dato, o que basta introducir la cara de un sospechoso en el reconocimiento para que luego la mente de la víctima asocie el crimen con esa persona. La manipulación puede ser tan sutil que dependa de una palabra introducida durante el interrogatorio o de la forma en que se formula una pregunta.

Acusarse a uno mismo de algo que no ha hecho parece una cuestión mucho más seria, pero está más que demostrado que ocurre, y con consecuencias dramáticas para la víctima. El caso de Peter Reilly, en los años 70, se hizo especialmente famoso. Un día llegó a su casa y se encontró a su madre asesinada. Seguidamente llamó a la policía que, tras un duro interrogatorio, le hizo dudar de su propia memoria. A continuación hizo un test del polígrafo que no superó y fue detenido como sospechoso. Poco a poco, y aunque no recordaba nada, se fue convenciendo de que había cometido el crimen y firmó una confesión escrita. Y habría cumplido muchos años de cárcel si no llega a ser porque nuevas pruebas, un tiempo después, descartaron que él pudiera haber cometido el asesinato.

Este tipo de casos han sido investigados por el científico Gisli Gudjonsson, que denomina al fenómeno como “síndrome de desconfianza en la memoria”. En uno de sus trabajos describe el caso de un joven de 17 años al que la policía de Londres interrogó de forma rutinaria por un asesinato. A las pocas horas el chico empezó a ver el rostro de la víctima y a pensar que podía haber sido él el autor del crimen, hasta que terminó confesando y cumpliendo una pena de 25 años de cárcel antes de que nuevas pruebas hicieran que un juez revocara la sentencia.

¿Aún te parece descabellado que tu cerebro se autoinculpe? El investigador Saul Kassin y su equipo del Williams College demostraron hace unos años que no es tan difícil engañar a alguien para que se confiese culpable de algo que no ha hecho. Kassin realizó una prueba (ver PDF) con 71 estudiantes a los que dividió en dos grupos y les pidió que teclearan una serie de letras a medida que se las dictaran.

Al primer grupo les dieron instrucciones para hacerlo despacio y al segundo para hacerlo deprisa, y a todos se les advirtió de que no podían pulsar la tecla ALT porque el ordenador se bloquearía. Todos los ordenadores estaban programados para bloquearse al cabo de un minuto de prueba, de forma que los sujetos pensaran que habían dado a la tecla ALT por error. En algunos casos, un falso testigo acusó a los participantes de haberles visto firmar la tecla. Resultado: el 70% de las personas firmó una confesión admitiendo un error que no había cometido, y en un 35% detallaron un recuerdo falso de cómo habían metido la pata y pulsado la tecla ALT por error.

¿Te fías ahora un poco menos de tu cerebro?

 

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¿Cuantas veces tenías algo en la punta de la lengua y has acudido a Google para saber la solución en lugar de tratar de recordarlo?

El efecto Google es la tendencia a olvidar información que se puede encontrar de forma fácil en Google. Así en lugar de perder unos segundos en recordar, se acude al buscador a encontrar aquello que olvidamos. Algo similar a lo que ocurrió con las calculadoras, millones de personas se acostumbraron a sumar, dividir, y multiplicar con una calculadora y al no realizar operaciones de forma mental el esfuerzo era cada vez mayor.

Con un clic de ratón llegamos a la respuesta que buscamos en segundos. Los teléfonos smartphones, los tablets o los portátiles te dan acceso a Internet desde cualquier parte.

¿Nuestra dependencia de los buscadores está afectando a nuestra capacidad para recordar información?

Los científicos tratan de responder esta pregunta. Según una nueva investigación publicada en Science, los psicólogos han confirmado lo que se venía sospechando:

  • Internet está siendo utilizado como como una memoria personal, un banco de información, esto es el efecto Google.

 

EVIDENCIAS

  • La evidencia sobre el efecto Google se basa en cuatro experimentos diferentes que se llevaron a cabo en la Universidad de Columbia por Betsy Sparrow  y su equipo. Los científicos analizaron cómo a gente recuerda la información cuando dicha información se almacena en un lugar accesible. Internet es un lugar accesible donde se  puede encontrar mucha información.
  • Es como una gran memoria colectiva. Los investigadores encontraron que las personas son más propensas a buscar información en Internet cuando esta información es fácil de encontrar, además son más propensos a recordar donde encontraron dicha información. Según estos experimentos, además la información que es menos accesible on line es más fácil de recordar.

Según Betsy Sparrow:

No es que Google u otros motores de búsqueda estén embruteciendo la sociedad, seguimos siendo plenamente capaces de recordar cosas que importan, incluso aquellas que no encontramos fácilmente en internet. No somos irreflexivos ni cabezas  huecas, pero nos estamos volviendo particularmente adeptos a recordar a donde ir para encontrar las cosas, y esto es algo increíble.

El estudio siguiere que la memoria humana se está reorganizando en lo referente a la información, adaptándose a las nuevas tecnologías informáticas en lugar de confiar exclusivamente en  la memorización.

Los efectos de Internet en la memoria todavía son un territorio por explorar, pero los experimentos han llevado a esta conclusión: Internet se ha convertido en nuestro  principal sistema de almacenamiento externo, es como nuestro disco duro externo.